La gracia que no se puede medir

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Jonás 3:10–4:11 | Filipenses 1:21–30 | Mateo 20:1–16

Hermanos y hermanas, que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo sean con cada uno de ustedes.

Hoy la Palabra nos invita a reflexionar sobre algo que todos necesitamos, pero que a veces nos cuesta comprender cuando Dios se lo concede a otra persona: la gracia. Esa gracia maravillosa que no se compra, no se negocia y no se puede ganar por nuestros propios méritos. Es la gracia que nos busca cuando estamos lejos, nos levanta cuando hemos caído, nos perdona cuando nos arrepentimos y nos ofrece la posibilidad de comenzar nuevamente. Las tres lecturas de hoy se encuentran precisamente alrededor de esa verdad: Jonás nos muestra la grandeza de la misericordia de Dios; Pablo nos enseña qué significa colocar a Cristo en el centro de nuestra existencia; y Jesús, mediante la parábola de los trabajadores de la viña, nos revela que la generosidad de Dios es mucho mayor que nuestros cálculos humanos.

Hay historias bíblicas que escuchamos desde niños y permanecen grabadas para siempre en nuestra memoria. Una de ellas es la historia de Jonás. Cuando mencionamos su nombre, inmediatamente pensamos en aquel gran pez. Recordamos al profeta huyendo, la tormenta, el mar y aquellos tres días extraordinarios. Pero cuando profundizamos en el libro descubrimos que el gran pez no es realmente el protagonista. El protagonista es Dios. Es Dios buscando a un hombre que está huyendo. Es Dios corrigiendo a un profeta que no quiere obedecer. Es Dios ofreciendo una segunda oportunidad. Y, sobre todo, es Dios mostrando una misericordia tan grande que hasta el mismo profeta tiene dificultades para comprenderla.

Dios había enviado a Jonás a Nínive para proclamar su Palabra. Pero Jonás no queríar. Y su problema no era solamente miedo. Había algo más profundo dentro de él: Jonás no quería que Dios tuviera misericordia de aquella gente. Nínive representaba para Jonás una ciudad enemiga. Él podía comprender la misericordia cuando la misericordia era para él y para su pueblo, pero tenía dificultades cuando esa misma misericordia alcanzaba a quienes consideraba indignos.

Y antes de juzgar a Jonás, hermanos y hermanas, tenemos que mirarnos nosotros mismos.

Porque algunas veces también somos así.

Nos encanta hablar de la gracia cuando nosotros necesitamos gracia. Nos encanta hablar del perdón cuando nosotros necesitamos ser perdonados. Nos gusta decir que Dios es un Dios de oportunidades cuando somos nosotros quienes necesitamos otra oportunidad. Pero cuando Dios comienza a mostrar misericordia hacia alguien que nos lastimó, alguien que nos decepcionó, alguien que pensamos que no merece otra oportunidad, entonces podemos preguntar:

“Señor, ¿a esa persona también?”

Y Dios responde:

“Sí, también”.

Porque la misericordia pertenece a Dios y no a nosotros.La Iglesia no ha sido llamada a determinar quién merece acercarse a Jesucristo. Hemos sido llamados a proclamar fielmente el Evangelio, llamar a hombres y mujeres al arrepentimiento y anunciar que todo aquel que viene a Cristo con fe puede encontrar perdón, restauración y vida nueva.

Jonás finalmente obedece. Va a Nínive y proclama el mensaje de Dios. Y sucede algo extraordinario: la gente escucha y se arrepiente.

Uno pensaría que Jonás estaría celebrando. Imagínense: una ciudad entera respondiendo a la Palabra. Cualquier predicador estaría diciendo: “¡Gloria a Dios! ¡El Señor ha hecho maravillas!”

Pero Jonás está enojado.

¿Por qué?

Porque conocía el carácter de Dios. Sabía que Dios era compasivo, misericordioso, lento para la ira y grande en amor.

En otras palabras, Jonás estaba diciendo: “Señor, por eso yo no quería venir. Porque sabía que tú eres así. Sabía que si esta gente se arrepentía, tú tendrías misericordia”.

Y yo digo esta mañana:

¡Gracias a Dios porque Él es así!

Gracias a Dios porque cuando nosotros nos arrepentimos, Él tiene misericordia.

Gracias a Dios porque nuestras caídas no tienen que escribir el último capítulo de nuestra historia.

Gracias a Dios porque nuestros pecados pueden ser perdonados.

Gracias a Dios porque nuestro pasado no tiene que determinar nuestro futuro.

Y gracias a Dios porque Jesucristo vino a buscar y salvar lo que se había perdido.

Pero debemos comprender algo importante: la gracia de Dios no significa indiferencia ante el pecado. La gracia bíblica hace algo mucho más poderoso. Nos encuentra en nuestra condición, nos llama al arrepentimiento, nos perdona por medio de Jesucristo y comienza a transformarnos por el poder del Espíritu Santo.


Jesús no murió simplemente para hacernos sentir cómodos con nuestra vieja manera de vivir. Jesús murió y resucitó para darnos vida nueva.

Y esto tiene un profundo sabor metodista. Creemos en una gracia que nos busca antes de que sepamos buscar a Dios; una gracia que nos justifica cuando respondemos con arrepentimiento y fe; y una gracia que continúa obrando en nosotros, santificándonos y formando en nosotros el carácter de Jesucristo.

No se trata solamente de decir: “Yo acepté a Cristo hace muchos años”.


La pregunta es: ¿estoy siguiendo a Cristo hoy?

Porque como Iglesia Metodista Global no estamos llamados simplemente a llenar templos. Estamos llamados a hacer discípulos de Jesucristo que adoren apasionadamente, amen extravagantemente y testifiquen con valentía.

Y aquí aparece el apóstol Pablo.

Pablo está encarcelado. Está sufriendo. No sabe exactamente qué sucederá con su vida. Sin embargo, desde esa condición puede hacer una de las declaraciones más poderosas del Nuevo Testamento:

“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”.

Pablo había comprendido algo que nosotros también necesitamos comprender:
Jesucristo no puede ser simplemente una parte de nuestra vida; Cristo tiene que ser el centro de nuestra vida.


Vivimos en un mundo que quiere definirnos por nuestra profesión, nuestras posesiones, nuestra posición social, nuestros títulos, nuestro dinero o nuestros logros.

Pero Pablo dice: “Si ustedes quieren saber quién soy, mi identidad está en Cristo”.

Y cuando Cristo es nuestra vida, nuestra fe no termina cuando termina el culto del domingo.

Cristo viene con nosotros a casa, viene con nosotros al trabajo, entra en nuestras decisiones.

Cristo está presente incluso cuando nadie nos está mirando.

Porque el cristianismo no es una actividad dominical; es una vida entera sometida al señorío de Jesucristo.

Y nuestro mundo necesita ver esa clase de cristianos. Personas que amen cuando otros odian, que perdonen cuando sería más fácil guardar resentimiento, que digan la verdad aunque les cueste, que sirvan sin preguntar qué recibirán a cambio, que acompañen al que está solo, que visiten al enfermo, que oren por el que está atravesando una crisis.

Personas que puedan decir con sus labios y demostrar con su vida:

“Jesucristo es Señor”.

Y entonces llegamos al Evangelio de Mateo.

Jesús cuenta la historia de un propietario que sale temprano buscando trabajadores para su viña. Encuentra algunos y los contrata. Después vuelve a salir. Regresa al mediodía. Sale nuevamente durante la tarde. Y cuando prácticamente está terminando el día, vuelve a salir y encuentra personas que todavía están esperando.

Podemos imaginar a trabajadores esperando desde temprano que alguien llegue buscando mano de obra. Y detrás de cada trabajador hay una historia. Hay una familia. Hay comida que comprar. Hay una renta que pagar. Hay electricidad, gasolina, medicamentos, hijos que necesitan zapatos y estudiantes que necesitan materiales.

No están allí porque no tengan nada que hacer.

Están esperando una oportunidad.

Y Jesús nos dice que el dueño de la viña sigue saliendo. Sale temprano. Vuelve unas horas después. Sale al mediodía. Regresa durante la tarde. Y cuando parece demasiado tarde para contratar a alguien más, sale otra vez.

¡Qué imagen tan hermosa de nuestro Dios!

Dios sigue saliendo a buscarnos. Cuando algunos comenzaron temprano, Dios salió.

Cuando otros llegaron tarde, Dios volvió a salir.

Cuando quedaban pocas horas, salió nuevamente.

Y cuando parecía que ya era demasiado tarde, Dios todavía estaba buscando personas para su viña.

Quizás alguien necesita escuchar precisamente eso hoy:

No es demasiado tarde para ti.

“He desperdiciado demasiados años”.

Dios todavía te llama.

“He tomado demasiadas decisiones equivocadas”.

Dios todavía te llama.

“Me alejé de la Iglesia”.

Dios todavía te llama.

“Fallé demasiadas veces”.

Dios todavía te llama.

“Pastor, usted no conoce mi pasado”.

Tal vez yo no conozco tu pasado.

Pero Jesucristo sí lo conoce.

Conoce tus victorias y conoce tus fracasos. Conoce aquellas cosas que los demás conocen y también aquellas que nadie conoce.

Y aun conociendo cada página de nuestra historia, extendió sus brazos en la cruz.

Por eso mientras haya vida, mientras podamos escuchar su voz, Cristo continúa diciendo: “Ven y sígueme”.

Pero entonces llega la parte de la parábola que nos incomoda.

Termina el día y el dueño comienza a pagar. Los trabajadores que llegaron al final reciben una generosidad que nadie esperaba. Y aquellos que habían trabajado desde temprano comienzan a murmurar.

Humanamente podemos comprenderlos.

“Yo llegué primero”.

“Yo trabajé más”.

“Yo soporté el calor”.

“¿Cómo puede recibir esa persona semejante generosidad?”

Y Jesús toca directamente nuestro corazón:

Nos cuesta celebrar la gracia cuando pensamos que otra persona recibió algo que no merecía.

Pero pensemos por un momento:

Si la gracia solamente fuera para quienes la merecen, dejaría de ser gracia.

El Reino de Dios no funciona según nuestra contabilidad espiritual.

No podemos presentarnos delante de Dios diciendo: “Señor, aquí están mis años en la Iglesia. Aquí están mis ofrendas. Aquí están los domingos que asistí. Aquí están las posiciones que ocupé. Ahora dame lo que me debes”.

No.

Dios no nos debe la salvación.

La salvación es regalo.

Es misericordia.

Es gracia.

Es Jesucristo.

Quien lleva sesenta años sirviendo al Señor necesita la misma cruz que aquel que entrega su vida a Cristo esta mañana.

Quien fue criado dentro de la Iglesia necesita al mismo Salvador que aquella persona que pasó gran parte de su vida lejos de Dios.

Por eso cuando alguien regresa, la Iglesia celebra. Cuando alguien entrega su vida a Cristo, celebramos. Cuando una persona abandona una vida que la estaba destruyendo, celebramos. Cuando un hijo pródigo vuelve a casa, celebramos.

Y cuando alguien que llevaba veinte años lejos de la Iglesia entra nuevamente por esas puertas, no preguntamos por qué tardó tanto; damos gracias a Dios porque regresó.

Porque esa es la misma gracia que un día nos encontró a nosotros.

Y aquí las tres lecturas se encuentran.

Jonás nos enseña que la misericordia de Dios es más grande que nuestros prejuicios.

Pablo nos enseña que la vida cristiana puede resumirse diciendo: “Para mí el vivir es Cristo”.

Y Jesús nos enseña que la generosidad de Dios no puede medirse con nuestras calculadoras humanas.

Pero ahora la Palabra deja de hablar solamente de Jonás, Pablo y los trabajadores.

Ahora comienza a hablar de nosotros.

Quizás hay algo de Jonás en nuestro corazón.

Dios dijo: “Perdona”, y todavía guardamos resentimiento. Dios dijo: “Sirve”, y encontramos una excusa. Dios dijo: “Ve”, y seguimos huyendo. Dios dijo: “Habla de mí”, y permanecimos callados.

Pero hay algo maravilloso en la historia de Jonás:

Dios no abandonó al profeta que huyó.

Fue detrás de él. Lo encontró. Lo rescató. Lo corrigió. Y volvió a llamarlo. ¡Ese es nuestro Dios!

Un Dios de segundas oportunidades.

Y algunos quizás se identifican con aquellos trabajadores de la última hora. Miran a su alrededor y dicen: “Los demás conocen más de la Biblia. Ellos llevan muchos años en la Iglesia. Yo apenas estoy comenzando”.

Escúchame:

En la viña de Dios hay lugar para ti.

No necesitas arreglar toda tu vida antes de venir a Cristo. Ven a Cristo y permite que Él transforme tu vida.

Eso es santificación.

La gracia que nos salva también nos transforma.

El Espíritu Santo comienza a cambiar nuestras prioridades, purifica nuestros deseos, nos enseña a amar, nos fortalece frente al pecado y nos forma cada día a semejanza de Jesucristo.

Ese es el llamado de una Iglesia verdaderamente metodista y profundamente cristocéntrica: no conformarnos con conversiones momentáneas, sino formar discípulos santos que sigan a Jesucristo durante toda la vida.

Iglesia, necesitamos un avivamiento.

Pero no un avivamiento que termine cuando termine el culto.

Necesitamos un avivamiento que llegue a nuestros hogares, que fortalezca a nuestras familias, que despierte a nuestros jóvenes, que convierta nuestras congregaciones en centros de oración, evangelización, discipulado y servicio.

Un avivamiento donde podamos decir como Pablo:

“Para mí el vivir es Cristo”.

No mi posición. No mi reconocimiento. No mis posesiones. No mi orgullo.

Porque cuando Cristo es suficiente, dejamos de preguntarnos si otra persona merece la gracia y recordamos que nosotros tampoco pudimos comprarla.

“Hay esperanza. Hay perdón. Hay vida nueva. Hay un Salvador y su nombre es Jesucristo”.

Hermanos y hermanas, la viña todavía necesita obreros. Hay familias que necesitan escuchar el Evangelio. Hay niños que necesitan conocer a Jesús. Hay jóvenes buscando identidad y propósito. Hay adultos cargando heridas que nadie conoce. Hay ancianos enfrentando la soledad.

Hay personas que aparentemente lo tienen todo, pero cuando cierran la puerta de su casa descubren un vacío que ninguna posesión puede llenar.

La cosecha sigue siendo abundante.

Y Jesús continúa diciendo a su Iglesia:

“Id”.

No podemos esperar que todo el mundo venga a nosotros. Nosotros somos enviados.

Vamos al necesitado, al perdido, al que está solo , al que necesita oración, al que necesita escuchar que todavía existe esperanza. Y cuando vayamos, no iremos anunciándonos a nosotros mismos.

Anunciaremos a Jesucristo.

Al Cristo que todavía llama diciendo:

“Sígueme”.

Y por eso quiero terminar con una invitación. A quienes conocemos al Señor, preguntémonos:

¿Hay algo de Jonás dentro de mí?

¿Hay alguien a quien todavía no quiero perdonar? ¿Hay alguna persona cuya restauración me cuesta celebrar? ¿Hay algo que Dios me ha pedido hacer y todavía estoy huyendo?

Pidamos al Espíritu Santo que quite de nosotros el corazón de Jonás y forme en nosotros el corazón de Cristo.

Pero también quiero hablarle a la persona que siente que llegó tarde.

Quizás conociste al Señor, pero te apartaste.

Quizás has venido muchas veces a la Iglesia, pero nunca has entregado verdaderamente tu vida a Jesucristo.

Quizás estás pensando: “Cuando resuelva mis problemas, entonces buscaré a Dios”.

No.

Hoy el Dueño de la viña está llamando.

Cristo te dice:

“Ven”.

No mañana. No cuando seas suficientemente bueno. No cuando tengas todo resuelto.

Hoy.

Ven con tus heridas, con tus preguntas, con tu pasado, con tus temores, con tus cargas, con tus fracasos.

Pero ven a Cristo.

Confía en Él. Entrégale tu vida. Recibe el perdón que solamente Jesucristo puede ofrecer.

Porque Cristo murió por nuestros pecados. Fue colocado en una tumba.

Pero al tercer día…

¡Jesucristo resucitó!

Y porque Él vive, hay esperanza.

Porque Él vive, hay perdón, podemos comenzar nuevamente, la muerte no tiene la última palabra.

¡Porque Cristo vive, nosotros también viviremos!

Así que, Iglesia, dejemos atrás el resentimiento de Jonás. Tomemos la convicción de Pablo. Entremos con alegría a la viña del Señor.

Que dondequiera que Dios coloque una congregación de la Iglesia Metodista Global haya un pueblo lleno del Espíritu Santo que proclame con sus palabras, su santidad, su amor y su servicio:

“Jesucristo es Señor”.

Y que cada mañana podamos levantarnos diciendo con Pablo:

Para mí el vivir es Cristo.

Cristo en mi hogar, en mi trabajo, en mis decisiones, en mis relaciones, en mi servicio, en mi Iglesia, en mi sufrimiento, en mi alegría. Cristo en toda mi vida.

Porque nuestra esperanza tiene nombre.

Jesucristo.

Él es el Señor de la viña.

Y su gracia, hermanos y hermanas, es una gracia que jamás podremos medir.

Amén.

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